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viernes, 26 de agosto de 2016

Fue una tarde en la playa





Hacía frío, pero no nos importó, por lo que decidimos ir igual. Era un día gris, lo recuerdo muy bien. El viento era fuerte y hacía que los árboles se sacudieran salvajemente. La playa no quedaba demasiado lejos, por lo que caminamos lentamente, pero no demoramos más de quince minutos en llegar allí. Ella se descalzó y yo lo hice también. Con nuestras zapatillas en la mano, colgando cual adornos en un árbol de Navidad, comenzamos a caminar hacia el agua. Nuestros dedos de los pies se hundían en la arena. La misma estaba helada, tanto que hacía que nuestra piel se tornara de un color violáceo azulado. Llegamos al agua, y dejamos que una pequeña ola alcanzara nuestros tobillos. Ella se estremeció. Sus labios estaban gélidos cuando me incliné para besarla. Nunca había sentido tanto frío, ni tanto calor a la vez. Ese beso no duró más que unos segundos, pero para mi fue una diminuta eternidad. Y no fue sólo un beso. Fue una tarde en la playa.

- c.d.


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